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Lo que abre el amor, que no lo cierre el miedo.


viernes, 5 de junio de 2009

Abriendo las puertas



Las puertas de la sabiduría nunca están cerradas.
Benjamin Franklin (1706-1790) Estadista y científico estadounidense




¿Por qué estamos siempre pensando en la posibilidad de que las cosas salgan mal cuando hay una y mil maneras de que salgan bien?
A veces pienso que es un síntoma de omnipotencia. Sí, he dicho omnipotencia y no su contrario (impotencia) que es lo que se supone que se siente cuando pensamos así, porque, en el fondo, creemos que podemos tenerlo todo controlado, inclusive y sobre todo, los fracasos, así luego podemos decir “¡lo sabía!” o “¡te lo dije!”.
Necesitamos sentirnos seguros en la inseguridad y creer que tenemos el poder, aunque ello signifique estar seguros de que vamos a perder.
¡Qué absurda necesidad de tener todas las puertas bien cerradas cuando existen miles de puertas abiertas esperando a que las explores!
Entonces ahí está: la maldita, única, pura y excluyente posibilidad de que ese problema que tienes acabe mal, incluso peor de lo que eres capaz de imaginar. Porque si de imaginar se trata tenemos una estupenda habilidad para conjeturar sobre los horrores más horrorosos.
Se me acaba de presentar un ejemplo de lo más sencillo. Mientras estaba escribiendo sonó el timbre. Camino hacia el portero pensando que, por la hora, seguramente sea el cartero. Lo veo, ¡es él! Y mientras oprimo el botón para abrirle pienso, “seguro que me trae alguna multa del Ayuntamiento o una carta de Hacienda con malas noticias”. Sube y llama a la puerta. Efectivamente se trata de una multa y ¿qué hago? Sonrío para dentro pensando “¡yo tenía razón!”. ¿Qué gané? Quiero decir, ¿de qué me sirve tener razón? El resultado no cambia, pero mi estómago se encogió de miedo y en una milésima de segundo me imaginé un sinfín de resultados negativos que ni siquiera sé si sucederán. ¿Podré pagarla? ¿Cuántas más vendrán? Etc, etc.
El año pasado había una plaza vacante para un viaje que deseaba hacer con todas mis ganas. Lo había intentado el año anterior pero por problemas personales no había podido hacerlo. Ahora se me volvía a presentar la posibilidad pero (siempre hay un pero), a pesar de que no se trataba de un viaje costoso, no podía gastar un céntimo. ¿Qué hacer? ¿Estaba cantado, no? No iría. Sin embargo me empeñé en que este año debía estar allí como fuera. Un par de días antes del viaje debía ingresar el dinero y empecé a rebuscar en mi cabeza cuál sería el mejor modo de hacerlo, si utilizar la tarjeta de crédito a plazos, lo cual sumaría más deudas a las que ya tenía, o pedirlo prestado o… Cualquiera de las que me planteaba era, por supuesto, negativa. Entonces suena el teléfono y oigo la voz de mi asesora que me dice que mi declaración de este año había dado a devolver y que me ingresaban el dinero ese mismo día ¡Era justo la cantidad que debía ingresar para el viaje!
Podría contar un montón de anécdotas parecidas y, seguramente, en este instante estés recordando más de una como ésta que te hayan sucedido. Entonces, por favor, ¡empieza a pensar en todas las puertas abiertas que tienes a tu disposición y deja de darte portazos a ti mismo!

1 comentario:

luz dijo...

Creo que tienes razón en lo que comentas, quizá porque no nos sintamos merecedores de que todo vaya bien en nuestra vida. Supongo que la causa obedece a mensajes subconscientes ya que la educación judeo cristiana nos tacha a todos de pecadores desde que nacemos, y esto ha ido heredándose por generaciones.

Lo que sí es cierto es que rodear nuestra vida de mensajes negativos, atrae negatividad, por lo tanto, no es mala actitud dejar las cosas en manos del Universo para que ocurra lo que más convenga a nuestro aprendizaje, eso sí, aportando de nuestra parte actitudes positivas.

Un saludo cordial.

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