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Lo que abre el amor, que no lo cierre el miedo.


jueves, 9 de abril de 2009

Una educación típicamente española


Mis padres, mis abuelos y casi todos mis tíos eran de origen español. Habían ido emigrando a Buenos Aires en la década del ´50, cuando los años posteriores a la Guerra Civil Española trajeron hambre y miseria a España. Ese fue otro acontecimiento histórico que marcó mi educación. Si bien, durante mi infancia y adolescencia, pertenecíamos a la denominada clase media, mi madre había heredado de mi abuela un cuidado extremo hacia la comida y la ropa y en casa nada se tiraba, todo se reciclaba. Por las noches se comían las sobras del mediodía adornadas con un toque diferente para engañar a la vista. Así es como hemos llegado a comer cosas que no he visto en otro lugar más que en mi propia casa, como tortilla de fideos y una sopa batida con las restos del puchero que a mí me resultaba un potaje repugnante y que, con el tiempo, llegué descubrir su sabor estupendo. Odiaba la leche y, ya desde muy pequeña, mi madre debía ingeniárselas conmigo para que mi cuerpo incorporara el calcio necesario para desarrollarse. De tanto escuchar el argumento sabía que la leche era el alimento por excelencia, y quizá, por esa misma razón, es que la odiaba. El caso es que cuando tenía ocho años, una tarde, después de una pelea con mi hermano el del medio, tres años mayor que yo, decidí irme de casa, ya que mi madre había optado por no ponerse de mi lado. Cogí dinero de su cartera y salí a la calle. Hice doscientos metros y regresé a casa con la cabeza gacha cuando aún ni siquiera habían notado mi repentina y corta desaparición. Busqué a mi madre y se lo conté yo misma. Quería que supiera de lo que era capaz a pesar de mi corta edad.
- ¿Y cómo ibas sobrevivir? – me preguntó intentando no reírse de lo que para mí era un drama.
- Pensaba comprar leche – le dije.
- ¡Pero si la leche no te gusta! – se río por fin.
- Ya lo sé, pero es lo que tengo que tomar si no quiero morirme de hambre -.
Si hago memoria esa fue la primera vez que me sentí realmente incomprendida por mi propia madre, un sentimiento que marcaría mi relación con ella el resto de mi vida.
Pero la Guerra Civil y la educación tradicional española no sólo marcaron el aspecto alimentario de mi vida, en todo caso ese fue el matiz más insignificante y el que más agradezco porque me ayudó a desarrollar la imaginación para que nunca llegara a faltarme nada.
De suposiciones está hecho el mundo y, sin embargo, ni yo misma cumplí con lo que se supone que debía cumplir; a saber, aprender los quehaceres femeninos, vivir un largo noviazgo, casarme (virgen, en lo posible), tener hijos y dedicarme a la familia, en definitiva ser, lo que por aquel entonces, y desde hacía ya demasiados siglos, se denominaba una “niña buena”. Es que con seis años ya le andaba yo diciendo a mi madre que de mayor quería viajar por el mundo y tener un amor en cada puerto. Pero el colmo de mi rebeldía sucedió un día en el aparecí por casa con un libro que se llamaba “Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes”. Fue más bien una provocación hacia mi madre, porque nunca llegué a leerlo, todo lo que yo quería se resumía en el título y no necesitaba saber más; a partir de ahí escribiría mi propia historia.


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